Decía Chomsky en uno de sus famosos libros sobre la manipulación informativa y la creación de opinión, que la importancia que se da a las víctimas en el tratamiento de las noticias se ha convertido en una herramienta para definir y transmitir al público afinidades tendenciosas. Hay así víctimas de primera y víctimas de segunda. Víctimas que ocupan primeras páginas y víctimas que aparecen en el interior en un espacio reducido. Víctimas que se muestran en imagen y víctimas que ni siquiera se nombran.
No es nada nuevo. En la propaganda de guerra siempre se ha distinguido entre ellos y nosotros, aplicando de forma abierta distintos valores morales, positivos o negativos, para justificar y fomentar el espíritu guerrero entre la población.El mismo principio se aplica de forma más sutil y retorcida hoy en día, en un momento histórico en el que el valor de la vida humana parece haberse universalizado para la opinión pública. Toda vida humana vale lo mismo. ¿Entonces no importa que los muertos en un atentado en Boston ocupen todas las portadas al mismo tiempo que se ocultan o pasan a segundo término los muertos en una ola de atentados en Irak el mismo día? ¿No tiene ninguna significación que se publique una imagen de un opositor al chavismo golpeado por chavistas mientras se oculta la identidad de esos 8 militantes asesinados por seguidores de Capriles, a los que se intenta mostrar a demás como bajas de un enfrentamiento o como víctimas de crímenes comunes?
Y es que a veces ni siquiera hace falta, como antaño, incidir en los valores morales de unos y otros. Basta con aplicar o negar la condición de víctima, categoría que otorga por sí misma esos elevados valores morales y que despierta la más firme empatía y solidaridad.
La condición de víctima ha sido utilizada profusamente para fines partidistas por las instituciones del poder. Como víctimas quiere mostrarse el PP ante los escraches, víctimas abnegadas que hacen frente a las adversidades y a los problemas del país, aun quitándose la comida de la boca, atacados por quienes lo han perdido todo a consecuencia de su propia desidia, irresponsabilidad y holgazanería.
Todo es opinable. Pero ya nos lo advertía Hannah Arendt: considerar a las víctimas como seres inocentes por su propia condición las deshumaniza. Eso las ha convertido en objeto fácilmente utilizable para la manipulación ideológica de la información.
Los conflictos existen, también los intereses políticos y económicos. Y existen, por supuesto, los hechos. Indagar en ellos es la única manera de librarse del moralismo tendencioso, del que la prensa y demás medios van llenos todos los días.