13 de marzo de 2012

Que arda Europa

A principios de los 90, una acampada de jóvenes activistas reclamaba en Barcelona que se destinara un 0,7 % del presupuesto del estado a la ayuda al desarrollo de los países del llamado tercer mundo. Este movimiento fue el primer paso de mucha gente, que llevaba tiempo moviéndose por el camino de las ONG y la solidaridad, por la senda de la reivindicación política. No tardó mucho en estallar lo que se conoció como el movimiento antiglobalización, que supuso una radicalización de esos primeros pasos al calor de los acontecimientos ocurridos en las protestas contra la OMC en la ciudad estadounidense de Seattle.

Este movimiento de movimientos que agrupaba desde sindicalistas hasta defensores de los derechos de los animales, consiguió denunciar y visualizar el papel de las instituciones económicas internacionales, como el FMI, el BM o la OMC, en la imposición, por encima de la soberanía de los pueblos, de políticas de privatización y desregulación del mercado de trabajo, que provocaron el empobrecimiento de la mayoría de la población. Tuvo un papel destacado en las sucesivas movilizaciones y foros sociales de la época, el movimiento por la abolición de la deuda externa. Exigía que se condonara la deuda a los países más pobres, una deuda adquirida en muchos casos por gobiernos ilegítimos y corruptos. El peso de la deuda sometía al país a un estricto control por parte de estos organismos internacionales, que ofrecían dinero en préstamo como rescate a cambio de lo que se llamaba planes de ajuste estructural, que consistían ni más ni menos que en las políticas antes descritas: privatizaciones, desregulación del mercado de trabajo, liberalización.
En ese contexto, para quienes militábamos en el ámbito de la izquierda anticapitalista, resultaba difícil incluir entre esas instituciones denunciadas a la Unión Europea. No porque no faltaran argumentos. La propia evolución de la institución, tratado tras tratado, demuestra la clara tendencia a esas mismas políticas liberales y a su imposición por encima de pueblos y gobiernos.
El problema era, y es, que la UE y su imagen pública se había edificado sobre valores positivos como la unidad y la modernización, lo cual caló incluso entre sectores importantes de la izquierda. En la actualidad hemos podido ver a los manifestantes griegos quemar banderas alemanas, como si no fuera precisamente la propia UE como proyecto uno de los actores fundamentales de la crisis actual, sino algunos miembros poderosos de la misma que pervierten con sus imposiciones a los demás miembros el verdadero sentido de lo que se conoce como la idea de Europa.

Conviene hacer un pequeño ejercicio de memoria para cuestionar esta visión del proyecto europeo. Que quienes se hayan interesado en el pasado por la unidad de todos los europeos fueran personajes como Napoleón y Hitler (que curioso, un francés y un alemán), presenta una imagen un tanto disonante de este supuesto ideal de unidad y solidaridad entre países, con la paz y el progreso como horizontes. El proyecto de unidad europea ha sido siempre, a lo largo de la historia, un proyecto imperial e imperialista.
Hoy parece que son otra vez Francia y en especial Alemania quienes imponen sus intereses al resto de países, pero si miramos cual es el origen de la Unión actual, nos haremos una idea más clara de la realidad. La UE surge de la unión entre la CECA, Comunidad Europea del Carbón y el Acero, la EURATOM, Comunidad Europea de la Energía Atómica, y la CEE, la Comunidad Económica Europea, fundada en 1957 y cuyos objetivos eran la creación de un mercado común europeo. Esa es la base sobre la que se edificó el edificio actual, en el que los más fuertes, los mercados, ahora más financieros que comunes, imponen a los más débiles, los pueblos de Europa, un nuevo marco de relaciones políticas, económicas y laborales que dará al traste con cualquier ilusión respecto al proyecto o a la idea de la Europa social esgrimida por la izquierda social demócrata y social liberal. Ni Europa social, ni estado del bienestar europeo, ni unidad, ni solidaridad ni progreso, solo el empobrecimiento del 99% mientras el 1% sigue enriqueciéndose o simplemente salva los muebles, como suele decirse.

En este punto puede parecer que voy a proponer a los manifestantes griegos que dejen de quemar banderas alemanas para incendiar las azules de la Unión Europea. Pero la verdad es que muy pocas banderas despiertan mi interés. Lo realmente interesante es tomarles la palabra a esa pandilla de sátrapas y construir una auténtica unión, pero desde abajo, entre los países europeos y más allá, que levante un movimiento crítico y organizado contra las políticas impulsadas por la unidad de los mercados. El pulso entre la clase trabajadora griega y sus clases dominantes parece llevar a un callejón sin salida, a menos que el conflicto se extienda y alcance a los responsables reales de los durísimos ajustes que sufre el pueblo griego. La huelga general del 29 de marzo puede ser el punto de partida para el Estado español. El inicio del inicio de una dinámica ascendente de luchas que podría mirarse sin pudor en el espejo de nuestros vecinos del Mediterraneo. Trabajemos en esa dirección.