14 de febrero de 2012

¿Estamos locos o qué?

Hubo un tiempo, en el que al loco de la tribu se le permitían locuras y se le profesaba cierto respeto, como si se tratara de una lucidez excéntrica expresada más allá de toda inhibición. El loco decía lo que nadie se atrevía a decir, pero su locura, conocida y aceptada por todos, desarmaba el potencial trasgresor de un discurso que, dicho en boca de otro, de cualquier otro miembro de la tribu, resultaría inaceptable.
Locura y verdad, pues, ligadas la una a la otra y las convenciones sociales como escudo protector.

La modernidad dejó de respetar la locura, tal vez porque quería apropiarse de la verdad a través de su propias instituciones sociales y políticas. La obra de Diderot El sobrino de Rameau, parece presagiar las consecuencias que traerá consigo la Revolución Francesa. Los “sobrinos”, locos, bufones, saltimbanquis caerán al fin en manos de los psiquiatras, que en nombre de su verdad, llagarán a alcanzar cuotas de extremada crueldad en tratamientos para erradicar lo que se ha convertido ya en un anatema.
Electroshock, lobotomía, y otras prácticas servirán para erradicar del cerebro lo que impulsa a los comportamientos antisociales, encerrando a los individuos con dicho comportamiento, en los célebres “manicomios”, mientras se esperan resultados positivos.
Hoy en día ya no es políticamente correcto llamar loco a quienes sufren algunas de las múltiples patologías de la mente humana, tan habituales en una sociedad desquiciada como la nuestra. Para nosotros, hombres y mujeres contemporáneos, un loco ejemplar sería, por ejemplo, el que conduce a toda velocidad por la autopista en dirección contraria. Dicho comportamiento, habitualmente provocado por el exceso de alcohol, causa miedo e indignación en la gente de bien.
La pregunta que me impongo sin ser del todo capaz de responder, es sobre aquello que tiene de locura la conducción temeraria descrita. ¿Es a causa del peligro evidente, o tal vez por el hecho de cuestionar de forma violenta la realidad tal y como es?
Porque de ser el segundo caso, tal vez sí estaría emparentado el loco contemporáneo, el que conduce en dirección contraria, con el loco de la tribu que dice en voz alta lo que todos callan. Lo que cambiaría entonces es la actitud de la sociedad hacia esta figura de tradición imperecedera. La de hoy es una sociedad miedosa e intolerante, y por tanto, la locura contiene una mayor capacidad de subversión que antaño.
Dicho sea de paso, el ejemplo del conductor se entiende como una metáfora. ¿No serán los conductores temerosos de la ley y la seguridad vial, quienes se dirigen a toda velocidad, dentro del límite, hacia el abismo?