3 de enero de 2012

La mayoría silenciosa y los ojos del fascismo

Cuando Mas, y su gobierno, apelan a la llamada mayoría silenciosa para justificar la legitimidad democrática de sus recortes frente a las masivas protestas de los ciudadanos indignados delante del Parc de la Ciutadella, sus palabras no solo recuperan un viejo recurso de antiguos gobiernos ante una situación embarazosa. También esbozan un contraplano esclarecedor de las que Carlos Taibo dirigió a los manifestantes congregados en la Puerta del Sol de Madrid el 15 de mayo de 2011.

Tal vez pensaba en el gobierno de la Guerra de Iraq presidido por Aznar al citar Taibo a Martin Luther King: “Cuando nuestro siglo termine y miremos atrás, lo que más lamentaremos no serán las fechorías de los malvados, sino el silencio de la buena gente.” A Aznar y su gobierno no se le caían los anillos por apelar a la misma mayoría silenciosa a la que se refirió Mas, aun a sabiendas de que las encuestas mostraban un rechazo casi unánime a la intervención española en la guerra criminal de Bush y Blair.
La derecha catalana ha llegado más lejos. Después de utilizar una violencia gratuita y desproporcionada contra personas que ejercían una resistencia pacífica incuestionable, lanzaron una campaña de criminalización basada en mentiras manifiestas, propias de una paranoia totalitaria de viejo cuño. Algunos parlamentarios llegaron a decir que en los ojos de los indignados, que les acechaban en las puertas del parque, sintieron la “mirada del fascismo”.
El fascismo tiene muchas caras, y cada una de ellas su propia mirada, pero para reconocerla conviene hacer memoria de esos tiempos en los que campaba por Europa a sus anchas. Está la mirada gélida, pétrea, oscura y altiva del jerarca sin escrúpulos, los ojos vacíos del sicario a sueldo, que actúa por miedo o por la simple necesidad de ejercer el poder del terror sobre los hundidos y los indefensos, también está el brillo plomizo en los ojos del fanático.
Sin embargo, no hay duda de que la más extendida y que ha dejado su huella durante más tiempo es la mirada culpable de la complicidad silenciosa. La llamada “culpa alemana” de aquellos millones que votaron a Hitler, que luego seguirían con sus vidas bajo el horror justificando lo injustificable con su pasividad y su silencio. La “culpa alemana” ha condicionado algunos de los caminos por los que ha transitado Alemania después de la caída del nazismo. Sin ella no se puede entender que el partido Die Linke vetara la participación de sus miembros en la flotilla de apoyo a Gaza tildándola de antisemita.
La filósofa judía alemana Hannah Arendt, acuñó el término “la banalidad del mal” después de cubrir como cronista el juicio de Adolf Eichmann, máximo responsable de los asuntos judíos del Tercer Reich, en Jerusalén. El Holocausto nazi no fue perpetrado por fanáticos salvajes ni por villanos diabólicos, sino por miles de funcionarios del estado que llevaban a cabo su labor con la máxima eficacia, sin cuestionarse la legitimidad de aquello que les llegaba de instancias más altas. Eran gente normal, parte de esa mayoría silenciosa que aupó a Hitler al poder y le perpetuó, con ese mismo silencio cómplice.
De esos funcionarios, los que ocuparon cargos de mayor responsabilidad fueron juzgados, y en su defensa alegaron su respeto a la ley y a las órdenes recibidas, y su cualidad de trabajadores eficaces con un deber que cumplir. Estas experiencias históricas traen lecciones importantes al presente que vivimos, como aleccionadoras son las palabras de Martin Luther King citadas el 15 de mayo en Madrid. El silencio cómplice puede conllevar una gran carga de culpabilidad, como en el caso alemán, siempre que la historia saque a la luz lo que se esconde bajo la apariencia de normalidad y legalidad.
La Revolución de los indignados puede y debe ser el fuego que ilumine los caminos ocultos por el entramado de instituciones económicas, políticas y mediáticas que constantemente repiten que sus recortes y recetas son el único camino posible, y que se escudan tras una supuesta legitimidad para dirigir el mundo según convenga a sus intereses, de espaldas a esa misma mayoría a la que pretenden representar. El primer paso es entonces cuestionar esa legitimidad, y exigirle a este régimen de corrupción y engaño que sea como sin duda es incapaz de ser: justo, igualitario y democrático. Debajo de la mentira repetida mil veces, florecerán nuevas verdades. Con esas verdades, el movimiento podrá ganarse a la mayoría, que no será silenciosa sino todo lo contrario.