A veces los intelectuales entienden las cosas. No solo por lo que se refiere al grito de la buena gente que se ha elevado desde las plazas de las ciudades. También por poner en el centro de ese grito la memoria de una tradición, la de los movimientos populares, que reivindica el acontecimiento presente como parte de un relato inconcluso; el relato histórico, o los grandes relatos que quisieron dilapidar los posmodernos cuando cayó el muro de Berlín.
Fue diez años después de la caída del muro cuando empecé a militar políticamente, y para muchos de los jóvenes que se han lanzado a la calle -aunque el movimiento que las recorre hoy no atañe solo a los jóvenes-, ya soy alguien con memoria, aunque tal vez no les interese mucho por ahora. Memoria y experiencia son dos conceptos que me parecen muy próximos, a la vez que alejados ambos de lo que llamamos recuerdo. La experiencia son los hechos que vivimos, los actos que hemos cometido en el pasado, que se convierten en memoria cuando emergen en el presente, en esos “instantes de peligro” de los que habla Walter Benjamin en sus Tesis sobre el concepto de historia.
En el año 2003 yo vivía en Barcelona, no tenía hijos, y el fuego del imperio caía sobre Irak con total impunidad. Lo que fue la manifestación más multitudinaria de los últimos años y el movimiento internacional más masivo de la historia no me pilló fuera de juego. Llevaba tiempo activo en lo que se conocía como movimiento anti-globalización. Participé en los comités locales que se crearon en Ciutat Vella, donde residía, y organicé a toda prisa una charla sobre las movilizaciones de Génova, a las que no pude asistir por razones personales. Un activista recién llegado contó lo ocurrido en esa ciudad, las circunstancias que rodearon el asesinato de Carlo Giuliani a manos de la policía, la brutal represión que lo provocó y la espectacular reacción de un movimiento y una ciudadanía que no se acobardó en ningún momento.
La charla fue también multitudinaria. Petamos la sala. Luego el 11S, y con las torres gemelas, todo el mundo dio por caído el movimiento. Pero el Foro Social Europeo de Florencia, dónde más frío he pasado en mi vida, prendió la mecha de lo que luego viviríamos en Barcelona ese 2003. El movimiento anti-guerra británico, alimentado por la nueva generación de activistas anti-globalización y por la indignación que la invasión de Afganistán había generado, llevaron a cabo una gran manifestación en Londres bajo el lema Don’t Atack Iraq. El éxito de esa movilización inspiró a sus organizadores, la Stop the War coalition, para proponer a la asamblea de movimientos del Foro que el 15 de febrero se convirtiera en un día europeo de oposición a la invasión de Iraq. Lo que siguió ya es historia. La propuesta cuajó, el Foro Social Mundial la llevó más allá de Europa, y ese día 15 se sucedieron centenares de actos y movilizaciones en todo el mundo.
Fue una época bonita. La gente tomó las calles. Hubo acampadas anti-guerra al menos en dos plazas cerca de mi casa, en Pla de Palau y en la Plaça Sant Jaume. Se multiplicaban los actos de protesta. Gente de todas las edades, muchos de ellos sin experiencia previa en este tipo de cosas, visibilizaron su indignación en la calle. Al anochecer y a la misma hora, resonaban las cacerolas. Podías salir a la ventana, chillar y golpear tus cacharros de cocina y sentirte partícipe de algo muy grande, porque no costaba ver y oír a los vecinos que te acompañaban. Podías contarlos asomándose a sus ventanas, y a la vez sabías que en la calle de al lado había más, y en la siguiente también, y en la siguiente, y en todas las calles y plazas de la ciudad. Recuerdo una charla de Arcadi Oliveres en la acampada de la Plaça Sant Jaume. Hay cosas que no cambian.
El pasado 4 de junio, en una sentada frente a la sede de la consejería del departamento de interior de la Generalitat de Catalunya, para exigir la dimisión del conseller Felip Puig, reviví, de alguna manera, esos excitantes días. No solo el movimiento contra la guerra de Irak, también algunas de las movilizaciones anteriores a este. No es difícil ver las similitudes y las diferencias entre estos dos momentos de la historia reciente de los movimientos populares, como tampoco lo debe ser para quienes han vivido otros momentos identificar estos con los presentes. La consecuencia lógica es que no se pueden entender unos sin los otros, el presente sin el pasado. Lo que estamos viviendo hoy es consecuencia de lo vivido entonces, de los éxitos, pero también de los fracasos. El fracaso de la izquierda organizada a la hora de construir una alternativa política, que capitalizara las victorias simbólicas que nos entusiasmaron y diera cabida a esa nueva generación de activistas, debe ser una lección y a la misma vez una señal de alerta para esta misma izquierda hoy en día.
El movimiento surgido el 15M es, con razón y con razones, anti-partidos y anti-sindicatos, no de forma especialmente consciente, sino como un rechazo natural y espontáneo a todo lo que ha ocupado hasta hoy el espacio de la política. Los indignados exigen ocupar este espacio. O más bien, lo que pretenden es crear un nuevo espacio fruto de la indignación, la decepción y la convicción de que no hay otra opción que convertirse en sujeto político colectivo, para desafiar el orden de las cosas creado e impuesto por otros colectivos: el de los empresarios, el de los banqueros, el de los especuladores, pero también los políticos profesionales y los burócratas sindicales.
A las organizaciones de la izquierda radical nos ha cogido este estallido con el pie cambiado, y eso que estamos ante un movimiento cuya perspectiva le conduce inexorablemente hacia la política radical. Esta es la coyuntura a la que nos enfrentamos, neoliberalismo o democracia, ambas en su acepción más intransigente. Socialismo o barbarie, diríamos en otro momento histórico de esta memoria recuperada. El neoliberalismo democrático fue desenmascarado hace tiempo. El FMI o el pueblo, estos serán los actores sobre el tablero. Pero no somos quienes pusimos en evidencia el papel de las instituciones internacionales del capitalismo global, allá en los albores del siglo XXI, los incitadores o inspiradores de este nuevo estallido. Han sido los jóvenes avocados a una vida precaria, rechazando en la calle todo discurso establecido, todo intermediario sátrapa, todo representante a sueldo.
A los que llevamos años arrastrando nuestro discurso por el mundo y nos esforzamos por construir herramientas de acción política democráticas y radicales, se nos plantea un reto importante. Tal vez se trate de convertir nuestra historia en memoria. Participar como un ciudadano más, como un trabajador más en el movimiento, abierto a todas las experiencias de resistencia tan nuevas e inspiradoras, como lo fue en su día La Comuna de París en 1871, y a la vez ser capaces de llevar a estas nuevas experiencias las lecciones aprendidas en experiencias pasadas, hacer presente lo pasado, hacer memoria.
Vivimos en un país sin memoria. No es casual que el estallido de indignación que estamos viviendo sea contemporáneo de la ignominia de la Real Academia de Historia con su bochornoso diccionario biográfico. El compromiso entre las diferentes fuerzas político-sociales que selló la llamada Transición española borró de un plumazo la memoria de los movimientos populares y de base que pusieron en jaque el franquismo, pero también de sus organizaciones y sus planteamientos estratégicos. El rey y Adolfo Suárez se convirtieron en los mitos fundacionales de una democracia liberal construida sobre el olvido y la paz social resultante.
La paz social no solo ha conllevado progresivos retrocesos en los derechos sociales y laborales de la clase trabajadora y una deriva institucional y, en el peor de los casos, hacia el social-liberalismo de las grandes organizaciones de la izquierda. También ha potenciado la integración de dichas organizaciones en los órganos dirigentes del sistema político y económico, algo que tiene su expresión más diáfana en la profesionalización de la política democrática y del sindicalismo, burocratizado hasta la parálisis. El movimiento del 15M, que exige una democracia real donde gobiernen los ciudadanos, percibe esta realidad y se revela no solo contra banqueros y especuladores, sino también contra políticos profesionales y burócratas sindicales. La imagen de los diputados de IC-V i EUiA entrando en el Parlament de Catalunya protegidos por los Mossos d’Escuadra, mientras el movimiento llevaba a cabo una acción audaz en el exterior del Parc de la Ciutadella, escenifica a la perfección este divorcio. Pero esta imagen no puede entenderse sin entender también el papel que el PCE jugó durante la transición y su política de reconciliación nacional, que desembocó en la aceptación de los Pactos de la Moncloa, la Monarquía constitucional y, en definitiva, el modelo actual contra el cual la gente se está levantando.
En un momento como el que estamos viviendo, la memoria tiene que emerger en el presente, dentro del contexto de las luchas actuales. Ya no se trata de preservar la memoria, sino de hacer memoria en el presente. Ahí radica la importancia del gesto de Carlos Taibo en la gran manifestación del 15 de marzo, o la importancia de hablar del movimiento antiglobalización, o anticapitalista como me gusta llamarlo, un movimiento que ha legado cosas importantes a los movimientos actuales. Pero no solo eso. Los que estábamos, en Seattle, en Praga, en Génova, en Florencia, señalando la necesidad de conectar las demandas del movimiento con las luchas de la clase trabajadora organizada y viceversa, los que insistíamos en la urgencia de articular estructuras organizativas capaces de extender el movimiento no solo en el espacio, también en el tiempo, los que defendíamos la centralidad de la razón estratégica para que el movimiento alcanzara victorias concretas, seguimos estando aquí. Seguimos estando, ilusionados, inspirados, indignados como el que más, aprendiendo día a día de esta nueva experiencia de lucha, nueva y a la vez espejo de viejas experiencias pasadas.