1 de noviembre de 2011

El arte como derecho social

Se ha hablado mucho últimamente, a propósito de la polémica suscitada por la Ley Sinde, de como afecta la piratería a los llamados trabajadores y trabajadoras de la cultura. Estos, se dice, sufren en sus carnes el descenso en las ventas de productos culturales. Pintores, fotógrafos, músicos, escritores, cineastas se sienten en muchos casos amenazados por las descargas en internet o por el top manta.

Por su parte, el movimiento de oposición a dicha ley, impulsado por lo que se conoció popularmente como los internautas, centró su discurso en la defensa de valores un tanto abstractos, como el libre acceso a la cultura o el derecho a compartir contenidos.
Enrique Dans, profesor de Sistemas de Información en la IE Business School, se hacía eco en su blog personal de un estudio desarrollado en la London School of Economics, que revela que el descenso en el consumo de productos culturales se aprecia en la misma medida entre aquellos sectores de la población sin acceso a internet. Así se apunta a otros factores como causantes de ese descenso, que lejos de emparentar a los trabajadores y trabajadoras de la cultura con las grandes multinacionales del mundo del espectáculo, editoras y demás, cuyos intereses defiende la Ley Sinde, les sitúa en el mismo terreno pantanoso en el que nos encontramos anegados los trabajadores y trabajadoras de cualquier sector o industria: la crisis.
Y como dice José Luís Sampedro, esta crisis no es únicamente financiera, es también una crisis de la civilización occidental. Esto es, crisis de valores, cultural. Nada lo ejemplifica más ni mejor que la resistencia feroz de muchos artistas, creadores de objetos que transmiten valores, al avance tecnológico que puede hacer que más y más gente tenga acceso a cada vez más y más productos culturales.
Si las revoluciones de principios del siglo XX, la revolución de Octubre principalmente, marcan un hito en la simbiosis entre artistas, su arte y las aspiraciones socio políticas de la clase trabajadora en lucha por cambiar el mundo, hoy parece que vivimos en el reverso de aquella época. Entonces los artistas se subían al tren de la revolución, literalmente, y al mismo tiempo que se involucraban en los esfuerzos por hacer llegar sus obras al mayor número de gente posible, el influjo de las ideas que palpitaban en esa lucha les convirtió en protagonistas de un florecimiento artístico y cultural como pocas veces se había visto.
Hoy, las estrellas multimillonarias de la cultura de masas se congratulan de que se lance a la policía y a los jueces contra quien quiere consumir productos culturales incluso en plena crisis, o contra quien intenta sobrevivir como puede en las calles vendiendo copias sobre una manta. Triste espectáculo. También lo es que sean precisamente esas estrellas las que acaparen la atención del público, mientras un arte más libre e independiente languidece en los márgenes invisibles de la gran industria. Este arte es hoy un producto elitista, alejado de la clase trabajadora por los propios mecanismos de la sociedad de consumo.
Dice Arnold Hauser al final de su espléndido libro Historia social de la literatura y el arte, que el arte contemporáneo se edifica sobre tradiciones históricas, y que para disfrutarlo hay que conocer mínimamente estas tradiciones. El acceso al arte tiene que ver pues con la educación, y esta es una cuestión socio-económica. La lucha por hacer accesible el arte a la clase trabajadora debe formar parte de la lucha de la misma clase trabajadora por mejorar sus condiciones de vida.
El movimiento obrero siempre ha asumido esta premisa. El arte representa la capacidad creativa del ser humano, la necesidad de expresar su individualidad y a la vez su humanidad, su ser íntimo y su ser social. En este sentido debe ser una reivindicación fundamental de cualquier proyecto de emancipación. No solo porque el capitalismo deja sin escuela a un 42% de los menores del mundo, privándoles de los recursos culturales para acceder a la comprensión y disfrute del arte, también porque convierte el arte en una mercancía más, sujeta a las leyes de mercado y a las exigencias de quienes controlan los medios de producción.
Es cierto que internet supone un desafío a esta mercantilización, pero el mayor desafío es enfrentarse en la calle a los recortes sociales que los gobiernos liberales están implementando en todo el mundo. Sanidad, educación o pensiones, pero también cultura, son hoy sometidos a un proceso de privatización que se va intensificando poco a poco según la coyuntura, y convertidos en mercancía accesible solo a quién pueda pagarla. Estas políticas, que avanzan por la acción combinada de la tríada demoníaca recortes, reducción de impuestos, privatización, no tienen hoy por hoy una fuerza de oposición capaz de hacerles frente. Incluso en la mayoría de los medios de comunicación se asumen como un a realidad incuestionable, y se señala a las fuerzas políticas con opción de poder como simples gestores de lo inevitable.
El acceso al arte y la cultura es un derecho más por el que hay que combatir, un derecho que está cayendo bajo el yugo de la crisis como los demás derechos fundamentales. La crisis, dice Sampedro, es cultural. Una nueva cultura de resistencia debe emerger de las plazas, el espacio de la democracia real, ocupadas hoy por quienes no aceptamos seguir el ritmo de esta dinámica perversa.