23 de enero de 2010

Los mitos del no-nacionalismo

Este verano nos ha dejado una imagen para la memoria: la presidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre, en un esplendoroso primer plano televisivo, tarareando el himno español en un acto de homenaje al ciclista Alberto Contador, cuya victoria en el Tour de Francia fue proclamada a los cuatro vientos casi con el mismo ardor que el ninguneo al himno patrio por parte de los organizadores galos.

La relación entre medios de comunicación, nacionalismo y deporte, no deja nunca de sorprender. En un estado como el español, cuestionado por los cuatro costados, las proezas deportivas se han convertido en el principal bastión ideológico de un nacionalismo acérrimo y recalcitrante, que pretende siempre esconder su peor cara: los nacionalistas son los otros, los que quieren romper España, y los no-nacionalistas, adalides de la igualdad y la convivencia, solo manifiestan con su ardor no-patriótico la simple aceptación de la normalidad vigente.

¿Qué representan entonces las múltiples banderas amarillas y rojas ondeadas con fervor en todos los eventos deportivos que inundan nuestros hogares a través de la televisión y los periódicos? O en todo caso, ¿por qué nos inundan de esta forma a todas horas? No descubro nada si digo que los medios de comunicación son uno de los canales de transmisión ideológica más importantes que existen. Su poder, reconocido hasta la saciedad, se manifiesta de forma compleja y ambigua. Como empresas privadas defienden la ideología de las empresas privadas, pero al participar también en la competencia mercantil, su lucha por la audiencia les lleva a mantener una apariencia de objetividad y de diversidad ideológica. Esta apariencia no aguanta un análisis riguroso y profundo de sus mecanismos.
La gracia del deporte es que, a diferencia de temas más serios como la política o la economía, permite un trato de las informaciones más laxo y abiertamente partidista. Sin disimulo, puesto que la complicidad de la mayoría de espectadores en estos temas es total e irreflexiva.
Es curioso como llegan a utilizar incluso una de las principales características de los medios diarios: la incapacidad de crear una narrativa histórica. Cada hecho es contado como un acontecimiento irrepetible, que no guarda continuidad con los hechos contados el día anterior ni con los contados en la siguiente sección, ni continuidad ni relación causa-efecto. Así es en realidad la narrativa patriótica, una narrativa mítica que se basa precisamente en la ocultación de las relaciones sociales que se esconden detrás de las efemérides y los héroes. Hace falta una narrativa histórica a contra-pelo para que salga a la luz la dinámica real de la sociedad.

A principios de julio se produjeron también otros episodios nacionales que merecen comentario, si bien ninguno tan esperpéntico como el de Esperanza y su la, la, la, -¿o era tra, la, ra?-. La discontinuidad narrativa en las informaciones diarias permitió a los periodistas deportivos proyectar en el presente un futuro aun no acontecido. Después de clasificarse la selección española de fútbol para las semifinales de la Copa Confederaciones, los periodistas preguntaron a las personalidades asistentes a los partidos si estarían presentes en la final España-Brasil. Esta final no llegó a tener lugar en la historia, cayendo eliminada la selección Española en la semifinal. No importó. Ese día, todos los telespectadores pudieron vivir la experiencia, o la pre-experiencia, de una final España-Brasil. Ese día, España había cumplido la gesta; pocos días después, no. ¿Pero quién se acordaba entonces?
Más adelante, después de la victoria de España en la eliminatoria de cuartos de final de la Copa Davis de tenis, un osado comentarista acuñó esta compleja frase: “España se ha clasificado casi para la final.” Otra vez lo habían hecho. No sabíamos qué ocurriría en la semifinal contra el supuestamente débil equipo de Israel, pero hasta entonces, los medios de comunicación nos acercaron sin complejos a la mayor de las conquistas, a la final de la Copa Davis -aunque solo por unos días.
Visto así, la cosa está clara: cuando un español supera una eliminatoria en una competición deportiva, no está simplemente superando una eliminatoria, está llegando mucho más allá que cualquier deportista de cualquier otro país, está alimentando una nueva mitología, una mitología no-nacionalista que se construye sobre hechos aislados, siempre históricos y únicos, heroicos aunque no necesariamente reales. Ni falta que hace.