4 de abril de 2009

El mundo desde el sofá

El pasado 5 de octubre, El País publicaba un extenso reportaje sobre el auge y el éxito de las series de ficción norteamericanas. Su autor, Alex Martínez Reig, ensalzaba el nivel literario de esta nueva ola de ficción televisiva, sirviéndose de las opiniones de escritores como Carlos Ruiz Zafón, Juan José Millás o el mismísimo George Steiner para situarla en el epicentro de todo lo que de interesante e innovador se produce en el panorama de la narrativa actual. Si Shakespeare viviera hoy, asegura uno de estos ilustres letrados, escribiría series para la televisión.

Uno no puede dejar de estar más o menos de acuerdo. No solo es cierto que Shakespeare representa el paradigma de gran escritor al servicio del gran público. También lo es que el éxito de House, 24, o Six Feet Under, por poner solo tres ejemplos, se sustenta sobre las espaldas de sus equipos de guionistas.
La serie de autor nace a principios de los ochenta, cuando la cadena de pago HBO se decide por una nueva estrategia para competir con las grandes cadenas. Mientras estas se ven obligadas a luchar por audiencias masivas, y por tanto a generar contenidos que atraigan un público familiar, la HBO decide apostar por series de calidad que buscan la fidelidad de una audiencia más reducida. La clave está en lo que se conoce como nichos de espectadores. Si tu producto conecta con un grupo concreto de personas con unas características determinadas y consigues engancharles al televisor semana tras semana, tienes la fórmula perfecta.
¿Se trata pues de literatura o de una estrategia de mercado? Mis padres, que ya han superado los 70, no pueden soportar ver Los Simpson o Padre de Familia. No conciben que un adulto disfrute viendo dibujos animados. Qué decir de House. No soportan las series de médicos. Ya tienen suficientes médicos en la vida real. El éxito de la ficción televisiva norteamericana contemporánea se debe a la fidelidad de un público adulto, de entre 30 y 40 años, de clase media, dispuesto a pagar por un canal de televisión o por un dvd, que ha crecido con el cine y la televisión clásica, y que no ha sucumbido como los adolescentes a los encantadores destellos de los videojuegos. Este público no se conforma con los concursos, los talk shows o los reality shows de las grandes cadenas, ni con la burda ostentación de efectos especiales de la que adolece el cine de hoy, cada vez más pensado para adolescentes que malgastan el domingo oliendo a plástico y a palomita recalentada en el centro comercial más cercano.
Nuestros treintañeros de clase media reclaman ficción de calidad desde su cómodo sofá Ikea. Quieren historias originales, complejas, profundas, que retraten la sociedad en la que viven con realismo, sin tapujos ni cortapisas, con ironía y cinismo si hace falta. No cuesta imaginarse que los guionistas con más talento hayan recaído en semejante fenómeno narrativo. Si añadimos que las cadenas norteamericanas controlan el mercado mundial, aseguramos unos presupuestos que cumplirán los criterios de calidad exigidos por un público tan exquisito.
Pensando en Shakespeare, no puedo evitar que me venga a la cabeza otro genio relacionado con las series, de una época en la que existían sin existir la televisión: Charles Chaplin. En una película tras otra, Charlot representaba al pícaro mendigo que esgrime su libertad para sobrevivir en un sistema que le persigue y le reprime por ser lo que es. Esa época pasó. Robert McKee afirma que uno de los elementos que pueden catapultar una historia al éxito es que en ella se produzca una socialización de los conflictos interiores de los personajes. Por eso se escriben tantos guiones de policías, abogados o médicos.
No me atrevería a negar el análisis de un experto de tamaña reputación. Tampoco puedo decir que se equivoca Alex Martínez Reig en su artículo, aunque teniendo en cuenta que este señor es director de contenidos de Digital+, parece lícito pensar que haya barrido un poco para su casa, como suele decirse. Lo inquietante, más allá de vivir en un mundo donde Charlot ha sido substituido por cualquier miembro cínico, corrupto y violento de cualquier institución de poder, es vivir en un mundo donde hasta cuando se habla de literatura y creatividad, se está hablando en realidad de empresas, mercado y competitividad. No es el mundo de las series. Es el mundo que habita en nuestro sofá.