13 de abril de 2008

La luna por asalto

Se negó a respirar. Harto de humos, pestes y desaires, decidió que no quería volver a usar sus fosas nasales, y que su boca se abriría únicamente para la ingestión de alimentos.
Cuando lo comentó a su mujer, esta le espetó: Te meterás en un lío. Y siguió con sus quehaceres, a los que se dedicaba con pulcritud y disciplina.

Mientras, su marido meditaba y planificaba, planificaba y meditaba. ¿Como llevar a cabo este nuevo proyecto, este acto de rebeldía contra el mundo cruel e inmundo?

Al primer intento enrojeció enseguida, y pasados 58 segundos y algunas centésimas, sucumbió a la insistente demanda de oxígeno por parte de su cuerpo pequeño y enjuto. Tosió repetidamente, con violencia, y su esposa tuvo que socorrerle con un vaso de agua y una mirada, intensa, cuyo ojo derecho decía ya te lo advertí, mientras el izquierdo parecía indicar un lacónico qué harta me tienes.

Ante semejante fracaso, bochornoso, consultó con sabios y científicos, con filósofos y estadistas, y salvo los ingenieros informáticos, ninguno le tomó en serio. De estos, como era de esperar, no sacó nada en claro, y sucumbió al derrotismo que acechaba detrás de las esquinas.

Andaba el hombre un tanto deprimido, pensando que le tocaba vivir en una mala época, donde revueltas, rebeliones y revoluciones se consideraban episodios trágicos de siglos pretéritos, fruto de concepciones del mundo ya superadas, cuando se cruzó con su panadero de toda la vida.
Piensa un poco, hombre de Dios. ¿A quién perjudicará que dejes de respirar? Recapacita, insensato, no pierdas la razón, no te dejes arrastrar por este mal ímpetu, y llévale dos de cuarto a tu esposa, como de costumbre.

Las palabras de su panadero le conmocionaron. Pensó que tal vez tenía razón. Que donde él veía heroísmo y abnegación, idealismo incluso, no había más que un acto inútil y sin sentido.

Pero luego le vino a la memoria el enorme coche negro y brillante de su jefe, el olor de la tapicería que emergía del interior cuando este abría la puerta, arrastrando consigo una atmósfera propia de aftershave profundo, de piel de cadáver de vaca y de cigarro mañanero. Recordó también al capataz con esos aires soberbios, altaneros, que le impregnaban de un tufillo ácido, el vacío silencioso de la fábrica a primera hora de la mañana, tan diferente al de la última hora de la tarde, cuando flotan en el ambiente las miles de partículas desprendidas del esfuerzo infligido. Una suerte de plusvalía glandular. Recordó la mística de la axila en el autobús de vuelta, de la colonia barata en el de ida.

El hombre se asfixia, se ahoga, la asfixia es su destino como el del astronauta la Luna. El hombre quiere la Luna, donde no hay aire que respirar, donde el silencio ilumina el cielo negro, donde la tierra es una estrella y no un lodazal o un simple lecho de muerte. Respirar es morir, pensó. Respirar es tragar el veneno.

Y así siguió pensando y meditando, meditando y pensando, seguro de que algún día encontraría la forma, y así, él, y después, otro, y otros, y después muchos más si no todos, le seguirían en su despecho y encontrarían juntos el camino a la Luna. Ahí se queden los jefes con sus pedos.