Hacía frío en Hebrón. Caminaba junto a mi amigo Hasan por las polvorientas calles de esa ciudad santa aunque exuberante, buscando los indicios de un conflicto que con el tiempo ha adquirido proporciones incalculables. Un enorme camello despellejado colgaba de un gancho en el porche de una carnicería. Me llamó la atención entrando en la ciudad.
Luego, el bullicio y una especie de atracción por lo inhóspito.
Hasan me contaba historias de la Intifada, de su intifada particular. Siete meses en la cárcel israelí, luego la milicia de la ANP y el desencanto. Lágrimas por los mártires. Su hermana emigró a los Estados Unidos y allí se encuentra su esperanza en el futuro. Esperanza o fe. Salir de Palestina no es fácil. Como tampoco lo es la vida en esta ciudad resistente, la ciudad de Hamás como la llaman algunos.
Los indicios se convierten en evidencias que abruman. Huellas de disparos en las puertas, en los muros, en los depósitos de agua; alambradas a la vuelta de la esquina y un soldado que te observa con la arrogancia de los 18 años. El poder en sus manos.
En Tulkarem pude ver las marcas de los tanques en el asfalto. Tulkarem queda muy lejos, al norte. Hebrón es diferente, aquí vi las lágrimas de Hasan.
Juntos llegamos a la entrada de la tumba de Abraham, santo profeta tanto para judíos como para musulmanes. En la puerta casetas militares y más alambradas, y más soldados israelíes armados. En el interior del edificio cohabitan una mezquita y una sinagoga. Los usuarios de la sinagoga deciden como y cuando los usuarios de la mezquita pueden tener acceso a ella. Un día no muy lejano, 25 de febrero de 1994, Baruch Goldstein, un colono israelí, entró armado en la mezquita y disparó contra los fieles. Mató a un tío de Hasan junto a otras 28 personas.
Seguimos caminando juntos y cruzamos prácticamente la ciudad hasta la cima de un pequeño montículo, desde donde se podía vislumbrar todo el camino recorrido y la ciudad entera. Sin embargo, el paisaje no llamaba mi atención. Ante mis ojos, un edificio entero convertido en un amasijo negruzco de cemento y hierro retorcido. La muqata de Hebrón, cuartel general de la ANP. Cuando los israelíes lo derribaron, contaba Hasan, disparando misiles desde sus helicópteros Apache, toda la ciudad tembló como sacudida por un terremoto. Estuvimos unos minutos en silencio, andando sobre las ruinas sigilosamente y siempre mirando el suelo para no tropezar ni meter el pie en un sitio inadecuado. No recuerdo exactamente qué pensaba, pero creo que me esforzaba en construir en mi mente una imagen o una idea clara y sintética que diera significado a todo lo visto y experimentado en Hebrón y en el resto de ciudades de Cisjordania que llevaba días visitando.
A veces no es fácil distinguir entre síntesis y simplificación. En un mundo construido en un porcentaje muy elevado por imágenes procedentes de medios diversos y por el impacto que estas imágenes causan en nosotros, nos encontramos cautivos de un sistema de transmisión de información y de valores fundamentado en un perverso juego de espejos, en el que se confunden reflejo y objeto, espectáculo y realidad.
Caminando entre las ruinas, encontré una fotografía semidestruida por los escombros. Un joven miliciano de la ANP, con su uniforme verde impecable, se erguía con la mirada al infinito delante de un fondo de papel de pared de color blanco, con estampado de flores rojas. A pesar de que la imagen se puede a penas distinguir, se percibe en ella el esfuerzo por mantener una apariencia de dignidad y de fortaleza. El soldado se ha vestido para la foto y ha posado para ella.
El azar ha querido que esta foto cayera en mis manos. Seguramente estaba destinada a su madre, o tal vez a su esposa e hijos. Tal vez quería que en un futuro, esa imagen acompañara sus recuerdos como prueba material de una historia.
Una joven madre me contó no hace mucho como usa las herramientas que la tecnología ha puesto a su alcance para retocar las fotografías de su bebé. La fotografía es una herramienta del recuerdo, pero el recuerdo nunca es objetivo. La tecnología nos permite hacer materia lo que el tiempo lleva a la práctica en nuestra mente: transformar las imágenes que el pasado nos ha dejado. La fotografía pues, no es un fragmento de realidad, sino una imagen mediatizada elaborada técnicamente y reproducida también gracias a la tecnología. Sin embargo, su vínculo con la realidad material nos parece obvio. Igual que el recuerdo. ¿Quién nos puede hacer dudar de que aquello que recordamos ocurrió exactamente como lo recordamos? Solo una buena fotografía podría conseguirlo. Tal vez ahí resida su trascendencia, y su peligro. Por eso el retoque de imágenes, casi tan viejo como la fotografía misma, fue un éxito desde el principio. Necesitamos convertir la realidad en recuerdo, en una imagen que responda a aquello que nosotros vemos de nosotros mismos, y a aquello que queremos que vean los demás.
Para mí, son múltiples las imágenes que me ayudan a recordar Palestina. Sin embargo, la fotografía que encontré debajo de unas ruinas, en la muqata de Hebrón, sintetiza a la perfección esa sensación de entereza y de dignidad herida que desprenden los hombres y mujeres palestinas, que resisten desde hace decenios una situación intolerable. Ese es mi principal recuerdo de Palestina. ¿Pereció ese soldado bajo los escombros? Es muy posible. Hasan lloró por él seguramente, como ha llorado por otros y sigue llorando aun.