Estás sentado con ese trozo de metal en las manos, en el escenario de una sala de baile para blancos. La orquestra, de la que tú formas parte, se encarga de amenizar todas las noches con el bueno y viejo estilo New Orleans. Es una orquestra de músicos blancos, como la orquestra de Paul Whiteman que grabó el primer disco de jazz de la historia. Qué ironía. Whiteman, hombre blanco. Pero tú eres negro, un nigger, un joven trompetista de color, obligado a trabajar de tramoyista, cobrando la mitad que los músicos blancos.
Normalmente, sin embargo, te sientes afortunado. Tus antepasados fueron esclavos en el sur y sufrieron el látigo y la dura vida de las plantaciones, consiguieron la libertad y emigraron al norte, donde les esperaba el peor de los trabajos en la peor de las condiciones. De pequeño viste cada día la desesperación en los ojos de tus padres, pero viste también su esperanza cuando las luchas obreras a finales de los treinta, cuando se constituyó el Committee for Industrial Organization, el primer sindicato que permitió a los negros y que reivindicó, en algunos sectores, la igualdad salarial entre negros y blancos. Y estaba también el blues, claro, esas canciones desgarradas con las que tu abuelo te transmitía el sufrimiento de tu gente a través de los tiempos. Cuando empezaste a tocar la trompeta, eras un niño aun, tu abuelo te miraba y sonreía. Tu sentías, mientras soplabas con fuerza, sin apenas arrancar más que un roto sonido de ese trozo de metal, que empezabas un camino que te rebelaría algún tipo de verdad desconocida sobre la vida y sobre la miseria que te ha tocado vivir.
Hoy sin embargo, el trozo de metal pesa más que de costumbre. No sabes si serás capaz de llegar al final de la actuación. Estás cansado, harto de tu situación y de la de tu gente. ¿Pero qué más puedes hacer? Llegarás hasta el final y después recogerás tu instrumento, lo limpiarás con precisión y respeto, lo guardarás en su funda de color negro y saldrás a buscar otro sitio para tocar. Un cabaret para niggers como tú o un pequeño local regentado por algún pequeño empresario liberal blanco. Allí te encontrarás con los tuyos, otros músicos negros con ganas de soltarse y de tocar a su manera, de tocar con negros para negros y al estilo de los negros. Tocaréis noche tras noche y conseguiréis que el jazz vuelva a perteneceros un poco más. Será vuestra revolución bebop. Charlie Parker, Charles Mingus, Coltrane o Max Roach, utilizando la música para reivindicar vuestros derechos y vuestra dignidad.
Luego llegará el cool, el jazz de Jack Keruac y de los beatniks popularizado por músicos blancos como Chet Baker o Stan Getz, y en los viejos tugurios los músicos negros volveréis a sentiros desposeídos de algo que os pertenecía de una forma profunda. Pero luego llegará también el movimiento por los derechos civiles, el boycott a los autobuses de Montgomery y las manifestaciones masivas, la brutal represión y el Klu Klux Klan, y los discursos del doctor King, las palabras de Malcom X resonarán en las calles, y a mediados de los 60 estallarán disturbios en Harlem, en Detroit, en Watts. Las masas negras ya no aceptarán la integración que supone renunciar a su identidad y a sus raíces, y responderán a la violencia racista con violencia revolucionaria: del Black Power al All the power to the people, del nacionalismo negro al internacionalismo proletario.
En 1960 aparecerá la obra de Ornette Coleman titulada Free Jazz. En el mundillo de la música y de la crítica se convertirá en un escándalo inmediatamente. Una música considerada hermética, basada en la improvisación, que rompe con todos los estilos del jazz, del viejo y del considerado moderno, y con los principios estéticos de la música occidental, según los cuales la melodía y el tema deben ser la base de la composición. El Free Jazz te gustará, será un retorno a las raíces de tu pueblo y una forma de participar de la lucha revolucionaria que tendrá lugar en las calles. Seguirás tocando con energía renovada, incluso después del entierro del gran Coltrane. Los músicos negros habréis recuperado vuestra música, vuestra cultura ancestral, y vuestra rabia se convertirá en una nueva esperanza.
Por eso, ahora levantarás el peso de tu trompeta y sigues tocando en esta orquestra de músicos blancos cobrando la mitad del salario. Porque sabes que debes recorrer ese camino, porque sabes que tu instrumento es un arma, y tu música, una promesa de libertad.