28 de junio de 2007

Guernika y la pasión de la carne

Un día recibí una llamada de una amiga, cuando ambos vivíamos aún en Barcelona. Se encontraba en el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid y quería compartir conmigo la experiencia de ver el Guernika de Picasso por primera vez. El cuadro se encuentra en el centro de una sala rectangular, rodeado constantemente por un semicírculo de multitudes admiradas. La impresión que produce, no sólo la primera vez que lo contemplas, es la de un silencio respetuoso frente a la representación de una vivencia humana fundamental.
Esa fue, según dicen, la respuesta de los primeros espectadores del cuadro cuando se presentó en el Pabellón español de la Exposición Internacional de 1937 en París. A diferencia de otras obras que gozan de la misma popularidad, como la Meninas de Velázquez o La Gioconda de Leonardo Da Vinci, el bullicio que provoca el turismo masificado no le resta ni un ápice de su fuerza. El cuadro te atrapa, hay algo en él que trasciende la propia experiencia de visitar un museo. Es como estar ante un altar.
El primero de mayo de 1937, un millón de personas salían a la calle en París para expresar su repulsa por el bombardeo de Guernika, una pequeña localidad vasca de unos 5000 habitantes. El mismo día, el periódico francés Ce soir publica una foto de la ciudad en llamas. Dicen que Picasso empezó a pintar después de observar esa foto. La Legión Cóndor, compuesta por tres modelos de aviones alemanes y algún aparato italiano, destruyó la ciudad en tres horas y media y provocó un incendio de consecuencias devastadoras. Este acto de terror del ejército franquista contra la población civil, aunque no fue el primero de la historia de estas características, sí se convirtió en símbolo de la nueva guerra moderna y de los desastres humanitarios que provoca. Tal vez el cuadro contribuyó a ello. En todo caso, con el tiempo el Guernica de Picasso se ha interpretado como un acto de protesta y de advertencia frente al fascismo y la guerra, mientras el siglo XX seguía hundiéndose en la medianoche del siglo.
En su libro sobre el genio malagueño, John Berger apunta una teoría diferente. En el cuadro no aparece ninguno de los elementos que configuran este tipo de acciones bélicas, lo que vemos es una representación del dolor tal y como lo percibía Picasso. Sus figuras, sus imágenes, son tragedias de la carne. La obra se convierte así, según Berger, en una protesta contra la matanza de inocentes en cualquier tiempo, ya que el dolor es la protesta del cuerpo.
Dicen que cuando el cuadro se expuso en Nueva York, los obreros que trabajaban en el embalaje se detuvieron y se quitaron los cascos en señal de veneración y admiración. Algunos de ellos ni siquiera habían oído hablar de Picasso. La conmoción es siempre la misma, no hay ideología ni discursos preconcebidos, solo un cara a cara con el sufrimiento humano. Es cierto, esta es la experiencia fundamental que reflejó el pintor, pero es una experiencia ligada inevitablemente a la historia colectiva de la que surgió: la guerra civil, el fascismo, la segunda Guerra Mundial, Hiroshima y los campos de exterminio. En esta relación entre el cuadro y su entorno histórico, entre la mirada del artista y nuestra propia mirada, radica la potencia de esta obra monumental como símbolo contra la guerra.