John Berger escribió una vez que cuando lloramos la muerte de alguien lloramos la desaparición de sus esperanzas. Se dice normalmente que la esperanza es lo último que se pierde. Se asocia también normalmente la muerte con el último acto de la vida de un ser humano. Así la afirmación de Berger resulta de una lógica cristalina, sin embargo plantea una contradicción que a mi me parece evidente.
Cuando baja el telón termina la obra. Más allá no hay nada, y todo lo que hemos podido esperar o imaginar desaparece al instante. No es nada, no ha existido ni existirá.
La vida de una persona es todo aquello que ocurre des de que nace hasta que muere, todo lo que ocurre en los múltiples mundos que la habitan, en sus realidades físicas, afectivas, emocionales, sentimentales.
Más allá de la muerte no hay nada, igual que no hay nada antes del nacimiento. Esas esperanzas de las que habla Berger pues, no existen ni existirán nunca, no son reales. ¿Cómo podemos entonces llorar por ellas?
La respuesta es sencilla, aunque difícil de aceptar según como.
Las experiencias humanas no están nunca aisladas de su entorno. A lo largo de la vida las personas establecemos lazos o vínculos con las personas que nos rodean y que comparten con nosotros espacio y realidades. Estos vínculos generan a la vez esperanzas recíprocas fundamentadas en las imágenes que en nuestras mentes nos hacemos del futuro. Del nuestro, del de las personas con las que nos relacionamos o de las relaciones que vivimos con estas personas.
Cuando una persona próxima muere estos vínculos se rompen, y la desaparición que nos sobrecoge es la de nuestras propias esperanzas. Se inicia entonces un proceso doloroso que consiste en construir una nueva imagen de nuestro futuro en la que debemos obviar la persona muerta.
Esta es la paradoja. Llorar por un ser querido es en realidad un acto de egoísmo. El futuro no existe, no es real, se construye minuto a minuto en el presente, sin embargo lo necesitamos para seguir adelante y se convierte en un elemento fundamental de la vida y de las relaciones humanas.
Las personas más importantes de nuestra vida son aquellas con las que compartimos el futuro.