16 de noviembre de 2005

Tal vez llorar

Estoy solo en un pequeño piso de sólo cuarenta y dos metros cuadrados. No puedo dormir. Muchas inquietudes me oprimen los pensamientos, me apremian a no abandonar la vigilia, me prohíben sumergirme en el estado del mágico olvido. Salgo de la cama. Las sábanas queman, abrasan. Música melancólica, un tanto triste y grave ayuda a fundirme con la noche.

Pienso en las cosas que hay a mí alrededor. Cada una de ellas depositaria de vieja memoria. Cada una de ellas contiene alguna historia vivida. Detrás se esconden personas, amigos y amigas, amores.
La silla que Carla recogió de la calle cuando vivíamos en la Ribera, la vieja mesa de aspecto rústico que me regaló mi hermana después de ayudarla en su traslado, el cartel de la primera gran manifestación contra la segunda guerra de Irak, 28 de septiembre, 2002, Londres. Donde todo empezó. La pipa de agua que compré a un tendero que salió a mi encuentro en el barrio cristiano de Jerusalén, Al-Quds, la capital del sueño palestino.
Hay mucha vida en este pequeño piso de cuarenta y dos metros cuadrados, mucha gente, mucha amistad, mucho amor.

Hace unos meses, tal vez un año ya, se terminó el contrato de alquiler del piso donde compartí con Carla casi tres años de mi existencia. Hacía tiempo que nos habíamos separado. Hacía algunos meses que no vivía en él, pero aun había algunas cosas mías que se quedaron ahí, junto con Josep, un amigo de hace muchos años con el que compartí también unos meses de convivencia.
Cuando estuve por última vez en mi antiguo hogar, lloré. Lloré en cada una de las habitaciones mientras percibía con toda la fuerza la inexorable gravedad del discurrir de la existencia.
Tal vez lloré por el descubrimiento. Lo que se llevó ese piso hacía mucho ya que no estaba. Descubrí tal vez un cúmulo de ausencias. Descubrí tal vez que la vida solo tiene una dirección y que cada instante es presente y pasado. Descubrí tal vez que el futuro está vacío, que nuestra lucha por llenarlo es desesperada. Un simple instante después de haberlo conseguido se convierte en pasado, en recuerdo, en olvido. Descubrí también quien era yo, dónde estaba, dónde estoy, era un cuerpo desnudo flotando en un limbo sin pasado ni futuro, ni presente tan siquiera, un simple cuerpo hecho de carne y entrañas, testigo privilegiado del destino.
Descubrí tal vez la soledad.
El fin de un contrato, un simple trozo de papel, supuso para mi una rotura, un punto y final, un adiós, un hasta nunca.

Ahora estoy solo en un piso de cuarenta y dos metros cuadrados, rodeado de vida inerte, de recuerdos sugeridos en cada mirada, de presencias agazapadas en cada rincón, en cada pared, en cada armario. Observo el futuro y veo una página en blanco. No hay nada, no hay amor ni sexo ni amistad ni alegría. Presente, pasado, futuro, nada existe en la realidad.

El tiempo es efímero, el amor, perecedero, el sexo, un instante, la risa, un murmullo en la lejanía, el llanto, un placer perenne. Lo inmortal es materia, es cuerpo, es carne, es sangre, madera, plástico, hierro, plomo, arena, estiércol, es cosa, es color, olor, tacto, es presencia, lo inmortal, es.