3 de octubre de 2005

La muerte en París

Ahora recuerdo pasear a lo largo del Sena, dejándome capturar por el frío glacial mientras reviso la colección, casi completa, de los Cahiers du cinema, en una de las paraditas de libros y postales que bordean el río.

Allí encontré un libro de Julián Gorkín, un marxista Valenciano ex-militante del POUM, sobre el asesinato de Trotsky. El título de este libro, en francés, parece catalán, y eso me transportó a una especie de limbo donde el tiempo y la distancia no son más que un recuerdo.
Hojeo ahora el libro, en un idioma que no es el mío, y encuentro palabras, expresiones sueltas que me llaman en secreto y me sugieren imágenes inconclusas:
GPU, cadavre, Kremlin, l’accent français, la mort...
París era entonces un mágico encuentro de caminos, gentes, espacios y esperanzas; París era un devenir de calles cubiertas por la lluvia de mil años; París era una ciudad paseada por la luz, abierta a las alegrías del descubrimiento y regada por el vino de la mitología y la literatura.
París era París y yo amaba y era amado.

He vuelto a pensar en París hace poco, viendo un documental de Chris Marker sobre Tarkovski.
Andrei Tarkovski, director de cine, ruso, exiliado, murió en París después de terminar Sacrificio, su séptima película.
En este documental, Tarkovski aparece convaleciente de su mortal enfermedad. Marker filma su rostro convulso ante las imágenes de una primera versión de Sacrificio, que su montador polaco le ha traído expresamente para que las vea desde la cama.

Un día, en una sesión de espiritismo, Tarkovski contactó con el espíritu del escritor Boris Pasternak.
Pasternak le vaticinó a Andrei que realizaría 7 películas a lo largo de su vida. ­­­
- ¿Sólo 7?
Preguntó el genial director ruso.
- Sólo 7, pero todas buenas.
Contestó el fantasma.
Sacrificio es la séptima película de Andrei Tarkovski. Tal vez su rostro, después del visionado, traslucía la angustia provocada por el convencimiento de un final próximo.
Tal vez era el habitual desconcierto de cualquier creador ante su obra.
Hay una cosa cierta.
La primera película de Tarkovski, La infancia de Iván, empieza con la imagen de un niño escondido detrás de un arbusto en flor. La última termina con la imagen de un niño tumbado bajo un árbol muerto. Cuando rodó su último plano, Andrei aún no se sabía enfermo.

Muchas cosas en la vida nos sorprenden, nos cogen desprevenidos, nos arrastran hacia lugares y tiempos inesperados. El sonido de un amanecer, el olor de la luz y el tiempo, el abismo detrás de los ojos de una mujer. La profecía vence a la realidad, y luego, el recuerdo es lo único que nos queda. Al fin y al cabo, el destino existe, existe en los hechos que vivimos cada día, en la realidad recordada y olvidada, en el aire gélido que sopla atravesando las calles de París, sobre sus puentes, entre sus farolas, sus monumentos, sus cementerios, quedando grabado en nuestros huesos para siempre.
Ahora, para mí, París sigue siendo París mientras aquel amor reposa en el recuerdo. París es la vida y es la muerte, es la vida de los muertos y la nostalgia de lo no vivido. París es el amigo de tiempos lejanos, que vive en el pasado pero nos sigue sonriendo en el presente. París siempre estará allí, con su luminosa efervescencia, esperando nuestro regreso aunque este se produzca tan solo en el olvido.
El recuerdo es el color de nuestra ausencia.