Para responder debemos recurrir a la segunda acepción del término planteada por la wikipedia, y que se refiere a la degradación de algo. Sinónimo de putrefacción, como una manzana fuera de la nevera pasados días y días. Sin embargo, en el imaginario colectivo la corrupción poco tiene que ver con manzanas, y se asocia generalmente a la política y a los políticos, y a la relación de estos con quienes pretenden sacar beneficios aprovechándose de los privilegios derivados de sus cargos.
Ajustándonos a las dos acepciones planteadas, y siempre
según el imaginario colectivo, podríamos decir que un corrupto lo es en cuanto
su acción participa de la degradación de su propia condición y de la
institución que se la ha otorgado. En este sentido, concluiremos que sí es
posible que existan casos de corrupción dentro de los límites de la ley.
Pensemos en dos ejemplos recientes partiendo de dos frases
célebres. El “que se jodan” que la diputada del PP Andrea Fabra dedicó a todos
los trabajadores y trabajadoras de este país en el momento en que se anunciaba
en el congreso la retirada de la ayuda de 400 euros a los parados, mostró a las
claras la degradación a la que puede llegar un cargo público cuando olvida la
responsabilidad de velar por el bien de los ciudadanos y la justicia social.
¿Cometió Andrea Fabra algún delito? No. Simplemente exteriorizó su satisfacción
por una medida que ha empobrecido a la mayoría en beneficio de la minoría,
cuyos intereses ella representa.
Poca gente debe haber interpretado el famoso exabrupto como
un caso de corrupción. Diferente es el segundo ejemplo, aunque más complejo de
analizar. Díaz Ferrán, siendo presidente de la CEOE, ocupando pues un cargo
institucional con una fuerte carga de autoridad, técnica y moral, dijo que para
salir de la crisis había que trabajar más y cobrar menos. En principio, esa
frase no es delito ni se puede considerar que evidencie la degradación de nada.
De hecho, Díaz Ferrán expresó el sentir de todo el mundo empresarial. La
gracia, si es que la tiene, es el contraste que se estableció al conocerse los
múltiples y graves casos de irregularidades e ilegalidades que cometió el ya ex
presidente en su carrera de empresario, y que le han convertido en uno de los
mayores ladrones, estafadores y corruptos del país a los ojos de todo el mundo.
Lo que se ha degradado aquí, retrospectivamente, es la autoridad moral de quien
pretendía dar lecciones a los demás estando en realidad defendiendo sus propios
intereses y los de los suyos.
¿Por qué estos dos ejemplos? Porque contienen los dos ejes
fundamentales de la política que el gobierno está llevando a cabo hoy en día.
La reducción del gasto social para destinar dinero público al pago de la deuda
privada, y la precarización de las condiciones laborales de la clase
trabajadora como medida para mantener la tasa de beneficios empresariales. Tal
es el caso, que la mayoría de corruptos de la catadura de Andrea Fabra, a no
ser que se les atribuyan graves delitos flagrantes como a Díaz Ferrán, siguen
ejerciendo sus funciones públicas, siguen contando con la fidelidad de sus
votantes, siguen disfrutando de la confianza de sus compañeros de partido y,
pese a la acción de la justicia, inevitable en algunos casos pero minimizable
gracias a los caros abogados contratados, seguirán viviendo por encima de las
posibilidades de la inmensa mayoría de los ciudadanos, a quienes ya se nos
exige trabajar más por menos.
Y es que los señores de la derecha son siempre fieles a sus
principios y a la clase social a la que representan. A veces se extralimitan, o
hablan más de la cuenta cuando deberían callar, pero la defensa del derecho al
beneficio privado por encima de cualquier marco legal, el darwinismo social que
imponen allá donde gobiernan, forma parte sustancial de su razón de ser.
¿Pueden ser corruptos entonces, en la segunda acepción del término, si son
fieles a sí mismos y a los suyos?
Muy diferente es la relación de la izquierda con la
corrupción. Existir, existe, y el que interprete el mundo en base a una
división entre buenos y malos, corruptos e íntegros, tal vez sufra una grave
distorsión de la percepción. Recuerdo un caso ya olvidado que ejemplifica esta
diferencia. Ocurrió hace años, en el parlamento andaluz. Durante un debate
sobre inmigración, en un momento en el que los murmullos de sus señorías
llenaban la sala, sobresalió un comentario despectivo hacia los inmigrantes y
de claro tinte racista. Los partidos de izquierda dieron grandes muestras de
indignación, y exigieron al PP que delatara a quién, desde sus filas, había
dado muestras de tan denigrante comportamiento. Mayor que la indignación fue la
sorpresa, cuando las grabaciones demostraron que los comentarios racistas
habían salido de las filas del PSOE.
Guste o no, la izquierda ha representado siempre la defensa
de unos ideales de justicia e igualdad que se contradicen con las actitudes
descritas más arriba. Incluso en tiempos del social-liberalismo, esta
concepción de lo que es la izquierda como tal sigue estando vigente. En la
izquierda, incluso en la izquierda a la izquierda, existe la corrupción, porque
esta es inherente a un sistema que concentra el poder político y económico en
pocas manos y lo aleja del control democrático. La diferencia es que el
corrupto de izquierdas contribuye a degradar, como una manzana podrida en un
cesto, los ideales que representa, y perjudica seriamente los intereses de las
personas a quien pretende representar.
Y con esta degradación tiene que ver, así lo pienso,
la descomposición que está sufriendo en este momento el PSOE, después de
haberse “corrompido” durante ocho años de gobierno impulsando políticas
liberales al servicio de la banca y la patronal. Porque, como ya hemos aclarado
al principio, corrupción no implica necesariamente un acto delictivo. No me
cabe duda de que la sangría de votos que está sufriendo este partido, se
enmarca dentro de una nueva corriente de indignación que exige, entre otras
cosas, mayor integridad en la vida pública, y que, con gran acierto, ha
incluido como reivindicación esencial una democracia real que arranque el poder
de las elites que lo acaparan. Esos sí son los valores de la izquierda: control
democrático y socialización de la riqueza. Mientras estos valores no se impongan,
las manzanas seguirán pudriéndose, sea cual sea su cesto.