2 de febrero de 2013

¿De qué hablamos cuando hablamos de corrupción?

La wikipedia destaca dos acepciones del término corrupción, que parecen en apariencia desvinculados entre sí. La primera se refiera a la idea del abuso de poder o a la mala conducta de alguien, cuya posición le sitúa ante el imperativo moral de la buena conducta. Un político, un empresario, un policía... Así pues, el que roba es un ladrón, pero si ocupa un cargo público y lo utiliza para sus fechorías, es además, corrupto. Aquí la pregunta sería: ¿va vinculada la corrupción a la trasgresión de la ley? o por el contrario ¿existe algún tipo de corrupción legal?
Para responder debemos recurrir a la segunda acepción del término planteada por la wikipedia, y que se refiere a la degradación de algo. Sinónimo de putrefacción, como una manzana fuera de la nevera pasados días y días. Sin embargo, en el imaginario colectivo la corrupción poco tiene que ver con manzanas, y se asocia generalmente a la política y a los políticos, y a la relación de estos con quienes pretenden sacar beneficios aprovechándose de los privilegios derivados de sus cargos.
Ajustándonos a las dos acepciones planteadas, y siempre según el imaginario colectivo, podríamos decir que un corrupto lo es en cuanto su acción participa de la degradación de su propia condición y de la institución que se la ha otorgado. En este sentido, concluiremos que sí es posible que existan casos de corrupción dentro de los límites de la ley.
Pensemos en dos ejemplos recientes partiendo de dos frases célebres. El “que se jodan” que la diputada del PP Andrea Fabra dedicó a todos los trabajadores y trabajadoras de este país en el momento en que se anunciaba en el congreso la retirada de la ayuda de 400 euros a los parados, mostró a las claras la degradación a la que puede llegar un cargo público cuando olvida la responsabilidad de velar por el bien de los ciudadanos y la justicia social. ¿Cometió Andrea Fabra algún delito? No. Simplemente exteriorizó su satisfacción por una medida que ha empobrecido a la mayoría en beneficio de la minoría, cuyos intereses ella representa.
Poca gente debe haber interpretado el famoso exabrupto como un caso de corrupción. Diferente es el segundo ejemplo, aunque más complejo de analizar. Díaz Ferrán, siendo presidente de la CEOE, ocupando pues un cargo institucional con una fuerte carga de autoridad, técnica y moral, dijo que para salir de la crisis había que trabajar más y cobrar menos. En principio, esa frase no es delito ni se puede considerar que evidencie la degradación de nada. De hecho, Díaz Ferrán expresó el sentir de todo el mundo empresarial. La gracia, si es que la tiene, es el contraste que se estableció al conocerse los múltiples y graves casos de irregularidades e ilegalidades que cometió el ya ex presidente en su carrera de empresario, y que le han convertido en uno de los mayores ladrones, estafadores y corruptos del país a los ojos de todo el mundo. Lo que se ha degradado aquí, retrospectivamente, es la autoridad moral de quien pretendía dar lecciones a los demás estando en realidad defendiendo sus propios intereses y los de los suyos.
¿Por qué estos dos ejemplos? Porque contienen los dos ejes fundamentales de la política que el gobierno está llevando a cabo hoy en día. La reducción del gasto social para destinar dinero público al pago de la deuda privada, y la precarización de las condiciones laborales de la clase trabajadora como medida para mantener la tasa de beneficios empresariales. Tal es el caso, que la mayoría de corruptos de la catadura de Andrea Fabra, a no ser que se les atribuyan graves delitos flagrantes como a Díaz Ferrán, siguen ejerciendo sus funciones públicas, siguen contando con la fidelidad de sus votantes, siguen disfrutando de la confianza de sus compañeros de partido y, pese a la acción de la justicia, inevitable en algunos casos pero minimizable gracias a los caros abogados contratados, seguirán viviendo por encima de las posibilidades de la inmensa mayoría de los ciudadanos, a quienes ya se nos exige trabajar más por menos.
Y es que los señores de la derecha son siempre fieles a sus principios y a la clase social a la que representan. A veces se extralimitan, o hablan más de la cuenta cuando deberían callar, pero la defensa del derecho al beneficio privado por encima de cualquier marco legal, el darwinismo social que imponen allá donde gobiernan, forma parte sustancial de su razón de ser. ¿Pueden ser corruptos entonces, en la segunda acepción del término, si son fieles a sí mismos y a los suyos?
Muy diferente es la relación de la izquierda con la corrupción. Existir, existe, y el que interprete el mundo en base a una división entre buenos y malos, corruptos e íntegros, tal vez sufra una grave distorsión de la percepción. Recuerdo un caso ya olvidado que ejemplifica esta diferencia. Ocurrió hace años, en el parlamento andaluz. Durante un debate sobre inmigración, en un momento en el que los murmullos de sus señorías llenaban la sala, sobresalió un comentario despectivo hacia los inmigrantes y de claro tinte racista. Los partidos de izquierda dieron grandes muestras de indignación, y exigieron al PP que delatara a quién, desde sus filas, había dado muestras de tan denigrante comportamiento. Mayor que la indignación fue la sorpresa, cuando las grabaciones demostraron que los comentarios racistas habían salido de las filas del PSOE.
Guste o no, la izquierda ha representado siempre la defensa de unos ideales de justicia e igualdad que se contradicen con las actitudes descritas más arriba. Incluso en tiempos del social-liberalismo, esta concepción de lo que es la izquierda como tal sigue estando vigente. En la izquierda, incluso en la izquierda a la izquierda, existe la corrupción, porque esta es inherente a un sistema que concentra el poder político y económico en pocas manos y lo aleja del control democrático. La diferencia es que el corrupto de izquierdas contribuye a degradar, como una manzana podrida en un cesto, los ideales que representa, y perjudica seriamente los intereses de las personas a quien pretende representar.
Y con esta degradación tiene que ver, así lo pienso, la descomposición que está sufriendo en este momento el PSOE, después de haberse “corrompido” durante ocho años de gobierno impulsando políticas liberales al servicio de la banca y la patronal. Porque, como ya hemos aclarado al principio, corrupción no implica necesariamente un acto delictivo. No me cabe duda de que la sangría de votos que está sufriendo este partido, se enmarca dentro de una nueva corriente de indignación que exige, entre otras cosas, mayor integridad en la vida pública, y que, con gran acierto, ha incluido como reivindicación esencial una democracia real que arranque el poder de las elites que lo acaparan. Esos sí son los valores de la izquierda: control democrático y socialización de la riqueza. Mientras estos valores no se impongan, las manzanas seguirán pudriéndose, sea cual sea su cesto.