Fue una
reunión triste, compartida por un grupo de personas, la mayoría mujeres, que
dejamos nuestra rutina cotidiana y nuestras responsabilidades en manos de
otros, en mi caso mi compañera se encargó de recoger a nuestro hijo en la
guardería, para que una trabajadora de la Oficina de Empleo nos diera a
rellenar un formulario, nos confesara que no se iba a cumplir nada de lo
especificado en dicho formulario a causa de la falta de recursos, y contara los
planes de reestructuración del servicio estatal de empleo, que consisten en
despedir trabajadores, en la de Argüelles, donde tenía lugar la reunión, habrá
cinco despidos después del verano, para que las agencias privadas de colocación
se hagan cargo de la labor que hasta ahora debía realizar el servicio estatal.
Me despiden, dijo la chica, para
que me contraten en la privada para hacer lo mismo por menos sueldo y peor
horario. Las empresas privadas de colocación, apuntilló, aún no colocan a
nadie, porque no cobran por ello. Cuando cobren par cada parado colocado, tal
vez empiecen a moverse. Rellenamos el documento, donde se nos prometían
servicios fantasma de formación, de asesoramiento y de seguimiento
personalizado, lo entregamos y nos fuimos, uno a uno, agradeciendo la
sinceridad, ya que otra cosa no habíamos recibido.
Leyendo otra vez el párrafo de
arriba, me he dado cuenta de que he escrito una frase larguísima. Sin duda la
frase más larga que he escrito nunca, la que va desde “Fue una reunión
triste...” hasta “...el servicio estatal.” No sé si pasaría intacta por las manos
de un corrector de estilo. Creo que el español permite estas posibilidades más
que otras lenguas, o al menos más que el catalán, mi lengua materna. En todo
caso, necesitaba encerrar esa experiencia en una sola unidad de significado,
como si quisiera limitarla a un todo concreto y localizado. La evidencia
particular de un estado general, reflejado en ese pequeño episodio personal
vivido dentro de una escasa habitación. Como la prueba de un crimen, protegida
de la contaminación exterior por esas pequeñas bolsas de plástico que vemos en
las películas o en la televisión.
Ojalá pudiéramos cerrar en bolsas
todas las pequeñas experiencias cotidianas que vive hoy en día en este país la
clase trabajadora. Los abusos y las humillaciones, las dificultades, las puertas
que se cierran, los caminos que se desvanecen, las angustias compartidas o
sufridas en silencio. Pondríamos sobre la mesa, en un desorden revelador, miles
y miles de pruebas acusatorias de un crimen. Porque no es el viento ni la
tierra ni el frío ni la tempestad. Es un crimen perpetrado por culpables.
No me gusta esta palabra,
culpables. La culpa implica la posibilidad de expiación y arrepentimiento, lo
cual excluye el asumir responsabilidades. Pero si hablamos de responsabilidad,
en lugar de culpa, o de culpable, el que aprieta el gatillo, corremos el
peligro de pasar por alto el papel que las víctimas hemos jugado en todo esto.
Hablo de la culpa del criminal, no de su responsabilidad, porque esta es
compartida por quienes llevamos años bajando los brazos, pensando que las cosas
no pueden empeorar tanto y que mejor no hacer demasiado ruido, por miedo a
perder lo poco que tenemos.
Bien, las cosas empeoran, están
empeorando y empeorarán, simplemente porque los perpetradores de este crimen
siguen al mando, siguen acaparando la responsabilidad de tomar las decisiones
que afectan a nuestras vidas, una responsabilidad que les hemos entregado y que
no están dispuestos a devolver, simple y llanamente porque es lo que les ha
permitido enriquecerse a nuestra costa y construir un mundo a su imagen y
semejanza.
Responsabilidad acaparada,
expropiada, pero nuestra también, muy nuestra. Recuperar el uso de esta
responsabilidad puede ser un trabajo arduo, una montaña escarpada de la que no
vemos la cima. Solo una cosa es cierta. El camino empieza por no bajar los
brazos y ponerse a andar.