1 de julio de 2012

Una visita a la Oficina de Empelo

La semana pasada me citaron, a través de un mensaje de texto al móvil, para una sesión de orientación laboral, recordándome mis obligaciones como preceptor de una prestación por desempleo, que, dicho sea de paso, dejaré de percibir este próximo mes de julio.
Fue una reunión triste, compartida por un grupo de personas, la mayoría mujeres, que dejamos nuestra rutina cotidiana y nuestras responsabilidades en manos de otros, en mi caso mi compañera se encargó de recoger a nuestro hijo en la guardería, para que una trabajadora de la Oficina de Empleo nos diera a rellenar un formulario, nos confesara que no se iba a cumplir nada de lo especificado en dicho formulario a causa de la falta de recursos, y contara los planes de reestructuración del servicio estatal de empleo, que consisten en despedir trabajadores, en la de Argüelles, donde tenía lugar la reunión, habrá cinco despidos después del verano, para que las agencias privadas de colocación se hagan cargo de la labor que hasta ahora debía realizar el servicio estatal.
Me despiden, dijo la chica, para que me contraten en la privada para hacer lo mismo por menos sueldo y peor horario. Las empresas privadas de colocación, apuntilló, aún no colocan a nadie, porque no cobran por ello. Cuando cobren par cada parado colocado, tal vez empiecen a moverse. Rellenamos el documento, donde se nos prometían servicios fantasma de formación, de asesoramiento y de seguimiento personalizado, lo entregamos y nos fuimos, uno a uno, agradeciendo la sinceridad, ya que otra cosa no habíamos recibido.

Leyendo otra vez el párrafo de arriba, me he dado cuenta de que he escrito una frase larguísima. Sin duda la frase más larga que he escrito nunca, la que va desde “Fue una reunión triste...” hasta “...el servicio estatal.” No sé si pasaría intacta por las manos de un corrector de estilo. Creo que el español permite estas posibilidades más que otras lenguas, o al menos más que el catalán, mi lengua materna. En todo caso, necesitaba encerrar esa experiencia en una sola unidad de significado, como si quisiera limitarla a un todo concreto y localizado. La evidencia particular de un estado general, reflejado en ese pequeño episodio personal vivido dentro de una escasa habitación. Como la prueba de un crimen, protegida de la contaminación exterior por esas pequeñas bolsas de plástico que vemos en las películas o en la televisión.

Ojalá pudiéramos cerrar en bolsas todas las pequeñas experiencias cotidianas que vive hoy en día en este país la clase trabajadora. Los abusos y las humillaciones, las dificultades, las puertas que se cierran, los caminos que se desvanecen, las angustias compartidas o sufridas en silencio. Pondríamos sobre la mesa, en un desorden revelador, miles y miles de pruebas acusatorias de un crimen. Porque no es el viento ni la tierra ni el frío ni la tempestad. Es un crimen perpetrado por culpables.

No me gusta esta palabra, culpables. La culpa implica la posibilidad de expiación y arrepentimiento, lo cual excluye el asumir responsabilidades. Pero si hablamos de responsabilidad, en lugar de culpa, o de culpable, el que aprieta el gatillo, corremos el peligro de pasar por alto el papel que las víctimas hemos jugado en todo esto. Hablo de la culpa del criminal, no de su responsabilidad, porque esta es compartida por quienes llevamos años bajando los brazos, pensando que las cosas no pueden empeorar tanto y que mejor no hacer demasiado ruido, por miedo a perder lo poco que tenemos.
Bien, las cosas empeoran, están empeorando y empeorarán, simplemente porque los perpetradores de este crimen siguen al mando, siguen acaparando la responsabilidad de tomar las decisiones que afectan a nuestras vidas, una responsabilidad que les hemos entregado y que no están dispuestos a devolver, simple y llanamente porque es lo que les ha permitido enriquecerse a nuestra costa y construir un mundo a su imagen y semejanza.

Responsabilidad acaparada, expropiada, pero nuestra también, muy nuestra. Recuperar el uso de esta responsabilidad puede ser un trabajo arduo, una montaña escarpada de la que no vemos la cima. Solo una cosa es cierta. El camino empieza por no bajar los brazos y ponerse a andar.